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Los vecinos no aguantan más. Llevan mucho tiempo soportando una de las consecuencias de la globalización económica: la libre circulación de personas en busca de trabajo. Pobres compitiendo contra otros pobres. Trabajadores humildes que tienen que hacerle un hueco en su balsa a millares de náufragos del horror económico: en las escuelas, en los subsidios de desempleo, en el trabajo, en el salario de integración. Vienen atraídos por los capitalistas que les necesitan para explotarlos aquí mismo, y que han arruinado muchas veces sus recursos en sus países de origen. Los mismos capitalistas que exigen mayor flexibilidad a los trabajadores de aquí (entiéndase "capitalista" por todo aquél que quiere incrementar la rentabilidad de un capital).
Pero no se quedan a vivir al lado de las casas de esos capitalistas, que ya están protegidos en sus urbanizaciones privadas rodeadas de vigilantes jurados. Vienen a vivir al lado de los humildes. Al lado de los que no han tenido tiempo de leer, de aprender, de informarse, sino sólo de tragarse la basura de las televisiones públicas y privadas: sus justificaciones de la globalización económica y sus santurronas declaraciones en defensa de la convivencia multiétnica (de aquellos, que viven protegidos en sus hogares a salvo de la "chusma" de cualquier color). Nos asusta e indigna el éxito de Haider en Austria, pero no queremos reconocer que ha obtenido un tercio del parlamento, y que los votantes tenían sus razones para apoyarle. La globalización enriquece a un sexto de la Humanidad y aprieta o estruja al resto, obligada a darse empellones entre sí para hacerse un sitio entre los privilegiados. Es el caldo de cultivo ideal para los demagogos, para los beneficiarios de la desculturización y despolitización programada: "La culpa de todo la tiene el capital internacional, que trae emigrantes para quitaros el trabajo: echad a esos piojosos e integraros en vuestra comunidad nacional". Típico argumento fascista: para luchar contra los ricos, hay que escupir a los pobres. Para esta conclusión no hay que leer, ni reflexionar, ni analizar, ni apreciar los hechos. Sólo hay que sentir y dejarse llevar por los sentimientos (hacia tu familia y tu clan), las pasiones (el fútbol, la patria y los extranjeros) y las tripas (Si mato a mi mujer, es porque ella se lo busca, si me la mata un moro, es que los moros nos quieren invadir). Veo Austria, veo El Ejido, pero lo que más me desalienta, no es la furia de los humildes, dirigida en dirección equivocada (por esta vez), sino el conformismo, la indiferencia, la autocomplaciencia, de tanto demócrata y progresista de salón qué sólo se asusta del fascismo cuando lo ve con nombres y apellidos, pero para el que la política era ya el arte de contemporizar con la autoridad competente, administrar con eficacia los fondos públicos, y reformar sólo cuando convenga a los poderosos. ¿Y qué otra cosa, si no eso, es el fascismo? -------------------------------------------------- |
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