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Danos hoy el crimen nuestro de cada día (articulo muy bueno)
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Viejo 28/nov/05, 11:11
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Predeterminado Danos hoy el crimen nuestro de cada día (articulo muy bueno)

Danos hoy el crimen nuestro de cada día

Por Umberto Eco, crítico literario, semiólogo y novelista italiano. Semanario El Espectador, Colombia

En mi opinión, si el huracán que destruyó Nueva Orleans no hubiese llegado a una región que ha sido excavada, nivelada, dragada, deforestada y saqueada, los efectos de la tormenta tropical hubieran sido menos devastadores. Creo que todos estamos de acuerdo con eso.

Donde el debate realmente comienza, es si un huracán aquí, un tsunami allá, son obra o no del calentamiento global de la atmósfera. Deseo señalar claramente desde el comienzo que si bien no soy un experto en la ciencia meteorológica, estoy convencido de que la alteración de muchas condiciones ambientales causa fenómenos que no acaecerían si mostráramos más preocupación por el destino del planeta.

Es por eso que estoy en favor del Protocolo de Kioto. Pero también creo que los tornados, ciclones y tifones siempre han ocurrido. De otra manera, no contaríamos con algunas de las mejores novelas de Joseph Conrad o con muchas famosas películas acerca de desastres.

Por consiguiente, me animo a sugerir que los siglos pasados han sido testigos de catástrofes terribles, que mataron a decenas de miles de personas, y que tal vez ellas ocurrieron dentro del mismo (muy breve) espacio de tiempo que el transcurrido entre el reciente tsunami en Asia y el Katrina en los Estados Unidos.

Hemos oído y leído sobre algunos de ellos. Algunos fueron registrados por la literatura, como los terremotos de Pompeya y Lisboa; otros fueron rodeados por una información insegura y aterrorizante, como la erupción de Krakatoa.

Pero, en resumen, es legítimo suponer que decenas de miles de otros cataclismos han devastado costas y poblaciones distantes mientras nosotros estábamos ocupados en temas muy diferentes. En el mundo globalizado, la velocidad de las comunicaciones nos permite conocer de inmediato cualquier trágico evento, incluso si ocurre en el lugar más alejado del mundo. Tal vez por eso tenemos la impresión de que ahora hay más catástrofes de las que hubo en el pasado.

Por ejemplo, creo que un espectador promedio de televisión podría preguntarse qué virus misterioso induce a tantas madres a matar a sus bebés. Y es difícil culpar al agujero en la capa de ozono por esto. Algo más debe haber.

En realidad hay algo más, pero ni es secreto ni está escondido. Lo cierto es que, a lo largo de los siglos, el infanticidio siempre ha sido un deporte popular. Los antiguos griegos acostumbraban a ir al teatro para llorar por Medea quien, como todos sabemos, mató a sus hijos hace miles de años y solamente con el propósito de molestar a su esposo.

Sin embargo, y tal vez esto nos sirva de consuelo, de los seis mil millones de habitantes del planeta, las madres asesinas han constituido siempre un porcentaje ínfimo, así que no debemos mirar con sospecha a cada dama que pasa al lado nuestro empujando un cochecito de bebé.

Aun así, cualquiera que vea las noticias en la televisión tiene la impresión de que vivimos en un círculo infernal. No sólo las madres asesinan a sus bebés, sino que también los niños de 14 años de edad usan armas de fuego, los inmigrantes roban, los secuestradores cortan orejas, los padres disparan contra sus familias, los sádicos inyectan veneno en las botellas de agua mineral y cariñosos sobrinos cortan en rebanadas a sus tíos.

Naturalmente, todo es verdad. Pero también es normal si se toman en cuenta las estadísticas. Basta recordar los felices, pacíficos días de hace 50 ó 60 años cuando, sólo para dar unos pocos ejemplos italianos, una dama hirvió a sus vecinos en un tanque para hacer jabón, otra destrozó con un martillo la cabeza de los hijos de su amante y una cierta condesa Bellentani perturbó una cena de sociedad cuando con un revólver le voló la cabeza a su amigo.

Ahora, aunque es casi "normal" que una madre de vez en cuando mate a su hijo, es menos normal que cotidianamente tantos estadounidenses e iraquíes vuelen en pedazos. Sabemos todo sobre la muerte de los hijos, pero muy poco sobre la muerte de los adultos. Lo cierto es que la prensa de calidad dedica sus primeras páginas a problemas políticos, la economía y la cultura; seguidas por otras páginas dedicadas a la bolsa de valores, avisos clasificados, y a las columnas de obituarios, que eran el material de lectura favorito de nuestras abuelas.

Pero, aparte de los casos realmente sensacionales, escasas páginas interiores están dedicadas al crimen. En realidad, hubo una época en la cual la información sobre crímenes era tratada de un modo aún más superficial que en la actualidad; tanto, que los lectores sedientos de sangre tenían que comprar revistas especializadas con nombres como Crimen de Verdad, del mismo modo que los chismes sobre las personalidades de la televisión eran relegadas a esas baratas revistas ilustradas que uno encontraba en las peluquerías.

Pero en la actualidad, después de dar las noticias importantes sobre las guerras, las masacres, los ataques terroristas y cosas por el estilo, y después de unas pocas y prudentes indiscreciones sobre los asuntos políticos actuales pero sin asustar demasiado a los televidentes, nuestros programas de televisión se dedican a toda clase de "cidios", ya sea uxoricidios, matricidios, filicidios, parricidios o infanticidios, además de asaltos, robos y tiroteos.

Y, para que los espectadores no se pierdan nada, cada día parece que los cielos se han abierto sobre nuestra región y está lloviendo como nunca antes, al punto que el bíblico Diluvio Universal parece tan dramático como si hubiera reventado una cañería.

Y es aquí donde encontramos ese algo entre bastidores, o mejor aún, en el centro del escenario. Como los directores del Niagara Channel no quieren verse comprometidos con historias peligrosas a nivel económico o político, han decidido seguir la ruta de los "crímenes de verdad". Una agradable secuencia de cuerpos decapitados mantiene a la gente tranquila y asegura que no empiecen a tener extrañas ideas.
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