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Historia de Jesus.P1_12(a). LA BODA
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Viejo 26/feb/06, 13:01
starbook
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Predeterminado Historia de Jesus.P1_12(a). LA BODA

María y José se comprometieron. La regla general era que el padre del novio fuese a charlar con los padres de la novia del deseo de su hijo de casarse con la novia. Se hablaba de la dote y cerraban el trato. En el caso de José fue el propio José quien habló con la madre de la novia y le pidió su hija por esposa. La madre de la novia aceptó y firmaron el contrato de boda.
Por aquéllos días la tradición imponía un año de noviazgo desde la firma del contrato hasta el día de la boda. Al año podían casarse. Durante el año de noviazgo sin embargo los novios quedaban obligados a la ley sobre el adulterio.
Era norma, en ningún caso ley sagrada. Moisés no había dado ningún precepto relativo a la prohibición de casarse inmediatamente después de ser firmado el contrato matrimonial. Habían sido los propios judíos quienes se impusieron a sí mismos ese año de espera.
No se sabe si culpando a Dios de haber sido tan blando, la cosa es que no contentos con el monte de leyes que les dictara ellos se echaron a la espalda otra montaña de prescripciones, leyes, tradiciones, mandatos, normas canónicas y no se sabe cuántas obligaciones más. Así que como no era Ley de verdad tampoco nadie se asustaba si se daba el caso de tener que acelerarse los trámites por debilidad de la carne. El niño nacía sietemesino. Pero bueno, tampoco es para armar un escándalo. ¿No cura el pecado una boda como dios manda? Por supuesto que sí.
La cara negativa era que sin ser ley la debilidad de la carne llegaba a pagarse con la muerte si el pecado no había sido cometido por el novio. En este caso todo el peso de la ley sobre el adulterio recaía contra la novia. Juzgada por adúltera pagaba su debilidad con la pena de muerte, generalmente por apedreamiento.
Por muchas otras razones un contrato matrimonial podía romperse. No era corriente pero se daban casos. Incompatibilidad de caracteres por ejemplo. Se devolvían los dineros y cada cual tiraba para su casa. En el caso más general tampoco la sangre llegaba al río. Son jóvenes, pero que bienvenido sea el nieto. ¡Qué culpa tienen los muchachos! Banquete de boda, celebración por todo lo alto, pelillos a la mar, el niño nació sietemesino. ¿Y qué? Gloria bendita. Bien acabó lo que bien empezó, es lo que importa.
El caso de la Virgen fue de otra naturaleza. Un día -le confesó Ella a los Apóstoles- se le apareció el ángel de Dios y al otro ya estaba en estado de gracia. Los Apóstoles se lo contaron a sus sucesores éstos a los suyos y ahí sigue la Confesión de la Virgen de boca en boca.
Concebir por obra y gracia del espíritu santo se dice muy pronto.
“¡Estoy en estado por obra y gracia del espíritu santo!”, hubo de confesarse la Virgen a sí misma uno de aquéllos días.
Nadie creerá que la Virgen salió corriendo de alegría gritándole a todo el mundo el Relato de la Anunciación. No es algo que sucediera todos los días. De hecho en toda la Historia de la Humanidad jamás había tenido lugar un fenómeno igual. El caso más parecido a una concepción sobrenatural de la naturaleza que nos cuentan los Evangelios lo encontramos en el mundo de las mitologías.
Sin ir más lejos la propia madre de Alejandro Magno confesó por ahí que tuvo a su hijo con uno de los dioses del mundo clásico al que ella pertenecía. Fuera por respeto a su madre o por orgullo su hijo mantuvo su origen semidivino. Que yo recuerde es el caso más parecido al que la Virgen puso sobre la mesa de los siglos.
Bueno, ¿por qué no? El Dios de los hebreos había realizado muchas obras extraordinarias desde los días de Moisés a los corrientes. Sus Escrituras hablaban de la Concepción de un Niño nacido de una Virgen. Como ejemplo de fantasía llevada a su extremo más alto de imaginación y genio que el Dios que creara los Cielos y la Tierra pueda realizar una obra de esa naturaleza estaba a la altura de la concepción que sobre su Naturaleza se hicieron los hijos de Adán y Eva. ¿Por qué no iba a poder Alguien de los Atributos que se le concedía al Dios de Moisés -todopoder, omnipotencia, omnisciencia- ser capaz de poner en escena un Acontecimiento tan imposible de creer?
Ahora, María, vete corriendo a explicárselo a alguien. Vete corriendo, busca a tu marido y díle que eres la Virgen que habría de concebir un Hijo “nacido para llevar sobre sus hombros el manto de la Soberanía, para ser llamado Príncipe maravilloso, Dios fuerte, Padre sempiterno”.
¡Dios santo, qué suerte!
Y ahora siéntate a esperar y confía en que tu marido te diga “Aleluya Amén Aleluya”, pegue botes de alegría, te levante en brazos y te coma los ojos a besos.
¿No tienes bastante todavía? Pues bueno, vete y cuéntaselo a tu hermana del alma, y mira que tu hermana Juana te quiere más que al río Jordán, más que al mar de los Milagros, más que a los Montes de Judá. Anda, María, vete, corre y díselo.
Lo digo porque -con independencia de la opinión de todo el mundo- pasaron las semanas y pasó lo que tenía que pasar. La Virgen empezó a tener mareos extraños; se les iba y se les venía. ¿Sería la emoción? ¿Sería el calor? Que no, mujer, eran los síntomas típicos de las embarazadas.
De cualquier otra mujer del mundo sus vecinas hubieran podido esperarse que un hombre como un castillo, caso de José el Carpintero, hubiera conquistado la fortaleza de la virtud de la novia antes de la boda. De cualquier otra mujer, por supuesto que sí, pero de la Virgen María es que ni les cabía en la cabeza a sus vecinas.
El hecho es que les cupiera o no tuvieron que rendirse a la evidencia.
“Que el Señor os lo dé sano, hijos”, con estas palabras y otras parecidas le dieron la enhorabuena los vecinos al novio, un José que no sabía a qué venía la indirecta. La verdad es que no la cogía. El hombre se creía que le adelantaban las bendiciones.
“Que sea niño, y os lo dé el Señor sano, señor José”, le seguían pinchando las vecinas. El señor José no se enteraba.
Es la verdad, a las semanas de la Anunciación la novia empezó a mostrar los síntomas clásicos de las primerizas. Mareos despistados, sofocos tontos. Como son algo que no se puede controlar la Virgen no podía evitar ser sorprendida. Sin embargo lo último que podía hacer era encerrarse, esconderse. Tenía que seguir su vida; seguir haciendo su vida era la mejor manera de ni afirmarles ni negarles palabra a sus vecinas. Al menos mientras no se decidiera a contarle a su madre la verdad.
La madre de la Virgen también tardó en coger la película. Fue, exceptuando José, la última persona en enterarse del rumor que comenzaba a escandalizar a sus vecinas.
A los ojos de la Viuda la inmaculada castidad de su hija seguía siendo tan inaccesible a las pasiones humanas como lo fuera antes de comprometerse. Exceptuando el acceso más libre del novio a la casa de la novia, y esta libertad condicionada a la necesaria presencia de un familiar de la novia entre ella y el novio, su hija María había seguido haciendo su vida tal cual, esa vida que le había ganado a la Virgen de Nazaret su fama desde un confín al otro de la Galilea. ¡Cómo sospechar nada malo de su hija entonces!
“Que el Señor te dé el nieto más hermoso del mundo”, le pinchaban a la Viuda sus vecinas.
“Tu María se lo merece todo; ojalá que el niño salga a su abuelo Jacob que en gloría esté”, por si la Viuda no se había enterado seguían pinchándole.
La Viuda era de Jerusalén, se había criado en otro ambiente. Pero no era tonta. De no haberse tratado de su hija la Viuda hubiera apostado un ojo de su cara que aquella Virgen estaba embarazada de tantas y tantas semanas. El problema era que no le cabía en la cabeza la idea de hallarse embarazada su María.
La fe y la confianza que la Viuda tenía en su hija mayor eran tan grandes que le tenían los ojos cegados. Gracias a Dios a la Viuda se le cayó la venda de los ojos antes que al señor José. Finalmente la Viuda tuvo que admitirlo aunque su hija ni se lo afirmase ni se lo negase.
“¿Qué te pasa, hija mía?”, le preguntaba ella.
“Nada. Es el calor, madre”, le respondía la hija.
El dilema de la Viuda comenzó cuando las vecinas comenzaron a hablar de palabras mayores, adulterio por ejemplo. No se lo soltaron a la cara, pero entre mujeres y vecinas, ya se sabe, sobran las palabras. Así que la Viuda comenzó a asustarse.
“Mi María está en estado de gracia. ¿Cómo es posible?”, acabó la Viuda por confesarse.
Y su hija del alma sin afirmárselo ni negárselo. Desesperada por el silencio de su hija se fue a por su yerno, a que le respondiera esta sencilla pregunta: ¿Había de acelerarse la fecha de la boda?
Y así lo hizo, la Viuda se fue a por el señor José. Llevar a José al tema le iba a costar a la Viuda un montón. Como no sabía en qué escenario se encontraba ni cuál era su papel en la historia la Viuda se dijo que tenía que llevar a José al tema sin descubrirle el meollo del problema. Una cosa muy rara. Llevarlo había que llevarlo, el problema era llevarlo sin abandonar la periferia del tema. Lista como ella sola, sin decírselo le diría con todas las palabras lo que había, su mujer estaba encinta, ¿qué tenía que decir él, el novio?
Al largo rato de merodear alrededor del tema la Viuda comprendió que o José se hacía el tonto de maravilla, aspecto que desconocía en el santo de su yerno, o es que sencillamente José no sabía nada de nada, y no cogía de qué le estaba hablando su suegra.
José la miraba con una naturalidad tan inocente de toda culpa que la Viuda empezó a no saber dónde se hallaba. Por un momento se sintió como si la tierra se le estuviera abriendo bajo los pies y no supiera qué era mejor, luchar o dejarse tragar. Hasta el alma le titiritaba de frío bajo el efecto del temblor que se le fue metiendo en los huesos según la verdad se le fue haciendo cada vez más enorme de peso. Su yerno no sabía nada de nada y ella sólo sabía que tenía que salir de aquel infierno, tenía que hablar con su hija y que le dijera por Dios qué estaba pasando.
¿Qué estaba pasando?
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