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GUILLERMO VALENCIA
(1873-1943) “De la turba que le oía una linda pecadora destacóse: parecía la primera luz del día, y en los negros de sus ojos la mirada tentadora. Guillermo Valencia. LA VOZ DE UN POETA PARNASIANO Con corazón de romántico, ojos de parnasiano y oído de simbolista Valencia ofreció un mundo poético diferente al de sus compañeros. Si tuviéramos que ponerle un nombre un solo rótulo a este poeta colombiano sería el de parnasiano por más que sus preocupaciones sociales y su cerebralismo no fueran lo que esperamos de esa escuela de pura perfección formal. En la aproximación a la métrica cuantitativa, su poema “A Popayán” está realizado en magníficos hexámetros. Valencia tiene una gran fuerza evocadora, por su relación metafórica con el propio ambiente (a los camellos los llama “novios de la casta palmera”; a la cigüeña “la novia pálida del frío”). Dos poemas definen su anhelo de un cristianismo social: “Palemón el estilista”, expresión angustiosa del amor divino arrastrado por el humano , y “San Antonio y el Centauro” que es como el diálogo de los dos mundos –el pagano y el cristiano- con el triunfo del cristianismo (el viejo monje borra con su báculo en el desierto las huellas del Centauro introduciendo dos infinitos: el alma y Cristo, “el triste, el dulce, el pálido Rabí de Galilea). Para este buceador de temas exóticos, decadentes y mórbidamente melancólicos, la poesía consiste en la reconstrucción verbal de un momento de belleza ya ido; por otro lado, la poesía le ayuda a la evasión, pues según afirmaba, el poeta debe evadirse de la vulgaridad, de la realidad. Hay, sin embargo, afirmaciones de Valencia que adoptan la visión romántica del poeta como portador de la verdad, “el bardo mártir que suscita mofas”. Tal mescolanza, estéticamente arriesgada, aparece también en los poemas: frente a dos ejemplos de exotismo y languidez, “Los camellos” y “Leyendo a Silva”, encontramos un canto a la rebeldía: “Anarkos”. Valencia y Silva son, de todos los que escribieron antes de 1900, la pareja de poetas colombianos más respetados. Entre la s obras de Valencia destacan: Poesías, Ritos y Poemas. Guillermo Valencia Castillo nació en Popayán, departamento de Cauca, el 20 de octubre de 1873 y muere en su ciudad natal el 8 de julio de 1943. Varias veces fue miembro de la Cámara de Representantes y de Senado. Participó en la carrera diplomática como secretario de la legación colombiana ante Alemania, Francia y Suiza. También desempeñó altos cargos administrativos y fue en dos ocasiones candidato, por el partido conservador, a la Presidencia de la República. El poeta colombiano escogía las palabras con tal economía que a veces la definición, aunque inteligente, no es inteligible. Parte de la oscuridad, resultaba, pues, de concisión; otras zonas oscuras lo eran porque el poeta y sus símbolos se metían en una selva misteriosa. A pesar de la perfección parnasiana de sus descripciones, Valencia no prescindía de sus emociones. Enriquece cada verso con impresiones, y siempre quiere sentir, más, como dice en su traducción del soneto de D’Annunzio: “¡Ah, quién pudiera darme otros nuevos sentidos!”. Aun su espíritu de protesta ante las desigualdades sociales se abrió camino hacia su poesía, y en “Anarkos” desafió la gazmoñería burguesa con la fuerza con que su espíritu de reforma desafiaba las academias. Lo curioso es que Valencia se llamó “conservador” en la política de Colombia. En un sentido fue conservador: y es que mientras otros modernistas evolucionaban hacia expresiones vitales y llegaron aun a hacer piruetas juveniles en los años de la primera Guerra Mundial, Valencia prefirió cuidar la ortodoxia del Modernismo. En realidad su parnasianismo continuaba el culto a la palabra, tan típico de la tradición colombiana. “Los estudios clásicos –nos dijo Valencia- me sirvieron para amar la mesura, la claridad, la síntesis y hasta para esforzarme en ser diáfano”. A los dos años del suicidio de Silva apareció en Colombia el libro Poesías (1898), de Guillermo Valencia. Pocos años y, sin embargo, parece que la poesía hubiera recorrido largo trecho. No hay más que leer a Silva y, en seguida, los alejandrinos pareados que Valencia compuso en “Leyendo a Silva”, para medir la distancia. Silva adivinaba una estética de exquisitas rarezas, Valencia conoce esa estética como la palma de la mano. Lo que ha avanzado, pues, es la conciencia de lo que los poetas modernistas querían hacer. Valencia se colocó a la vanguardia de los que estaban transformando la poesía. Y como dijo Valencia: “Solo el poeta es lago sobre este mar de arena”. Francisco Arias Solis e-mail: aarias@arrakis.es URL: http://www.arrakis.es/~aarias La paz pide una oportunidad. Aviso: Se ruega a los internautas que pongan en sus páginas el logotipo o banner de Internautas por la Paz y la Libertad que figura en la URL: http://www.arrakis.es/~aarias/internau.htm Gracias. |
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